Visto oído leído

“Gafapastas en la Edad Media”, de Antonio Orejudo, en “Jot Down”.

Alejandro descendiendo en un artefacto submarino. Miniatura del Roman d'Alexandre, Oxford, Bodleian Library.Alejandro Orejudo propone  en la revista Jot Down una visión de la cultura medieval alejada del tópico de “época oscura” con que se suele etiquetar en los libros de texto, presentada además con un tono actual que se desmarca de los estándares asépticos de los textos dirigidos a estudiantes de secundaria, los cuales contribuyen tan solo a distanciarlos cada vez más de los clásicos y lo que se entiende como LITERATURA, así, con mayúsculas, que implica una tediosa obligación, una lista de autores, nombres y categorías que hay que memorizar y olvidar rápido una vez que ha pasado selectividad.

Los niños aprenden asqueados lo que dice el libro de texto y salen del instituto con la idea de que Quevedo fue un hincha del Conceptistas y Góngora, el presidente de Culteranos F.C.

 Para desmentir esa supuesta oscuridad, analiza el cómo y el porqué de la idea de Edad Media como un periodo de guerreros, curas y campesinos, analfabetos y sucios, con esos churretes en la cara y esos pelos enredados con que suelen caracterizarlos el cine y la televisión:

Ahora volvamos a la supuesta oscuridad de la Edad Media. Aceptémosla por un momento, aceptemos una cierta oscuridad; oscuridad por las lamentables condiciones de vida de los campesinos, oscuridad por las enfermedades contagiosas, que se extendían en forma de plagas… ¿Es posible que esta supuesta oscuridad —signifique lo que signifique oscuridad— durara diez siglos, es decir, mil años? ¡Mil años, que se dice pronto! Llevamos cuatro de crisis económica en Europa y parece un siglo, así que imaginémonos mil años de oscuridad. Un poco agobiante. Y un poco improbable también. Pero, claro, el discurso pedagógico ha incidido tanto en la luminosidad del Renacimiento, que se necesitaba un apagón total en la Edad Media, para que Petrarca y los suyos brillaran bien. (Abro paréntesis: así como hay discursos machistas y etnocéntricos, también hay discursos que favorecen o prestigian un momento cultural determinado en perjuicio de otros. Y eso es exactamente lo que ha pasado con los diez siglos de cultura medieval: que se han convertido en el patito feo, en la cenicienta de la historia de la literatura. Toda la gloria, toda la luz se la ha llevado el Renacimiento. El Siglo de Oro lleva chupando cámara desde la Ilustración, y ha dejado fuera de plano, y un poco desprestigiada, a la pobre Edad Media, que se repone en los últimos años como puede. Cierro paréntesis).

Ojo, una cosa es cierta: muchos avances técnicos, muchas reflexiones intelectuales, muchos poemas, muchas novelas, muchos tratados teóricos sobre las más variadas materias, escritos por autores griegos (en griego) y posteriormente por los latinos (en latín), mucho progreso en una palabra, se han perdido en el descontrol que supuso la disgregación del Imperio romano. Y cuando digo que se han perdido es que se han perdido. Los textos no se distribuían todavía impresos, y no se podían digitalizar tampoco, eran manuscritos, y había pocas copias. Era muy fácil que el paso del tiempo los pulverizara literalmente, o que se consumieran en un incendio o que simplemente se amontonaran en el polvoriento rincón de una catedral, porque nadie entendía ya la lengua en la que estaban escritos o porque decían cosas inconvenientes o incómodas para la moral cristiana. No olvidemos que muchos de ellos, casi todos, se habían escrito antes de que naciera Cristo.

Así que desde el punto de vista del Renacimiento (punto de vista del que nosotros somos hijos directos), la Edad Media es un tiempo ciego porque no se ve la producción intelectual de la civilización inmediatamente anterior. En ese sentido hay una cierta oscuridad, una cierta ignorancia y hasta un cierto desprecio por eso que luego será considerado durante tantos siglos, hasta el día de hoy, La Cultura, La Gran Cultura.

Simplificando, a su pesar, Orejudo señala el siglo XII como el comienzo del mundo moderno, tal y como lo entendemos hoy,” basado en el dinero y en el intercambio comercial”, y con su correspondiente reflejo en el sistema de producción de conocimientos y cultura que condujo a la creación de universidades y al nacimiento de la primera generación de la literatura española. En este sentido, el autor precisa el concepto de generación literaria, dibujándolo con precisión y alejándolo de la idea tan gráfica de la Tertulia del Café Pombo con que suelen ilustrarla los manuales académicos:

Una precisión: cuando hablamos de generación literaria, no tenemos que imaginar —ni ahora y mucho menos en el siglo XIII— un grupo de amigos reunidos alrededor de una mesa elaborando la poética que los definirá, los preceptos estéticos que todos ellos jurarán cumplir so pena de ser expulsados del grupo, como hacían los surrealistas. Los miembros de una generación o de un movimiento artístico ni siquiera tienen que conocerse entre en sí o caerse bien. No tienen que emborracharse juntos. Por no tener, no tienen ni que redactar una poética.

Muchas veces estas agrupaciones en escuelas o en tendencias o en grupitos no las hicieron los propios interesados reunidos en un sótano, en un café o en la casa de árbol, sino que las hicieron otras personas —los críticos— muchos años después. Un buen día, al leer las poesías de Mengano, de Fulano y de Zutano los críticos encontraron que entre ellas había coincidencias y similitudes. Y entonces dijeron: Fulano, Mengano y Zutano forman la generación del Nosequé, cuyos rasgos estilísticos principales son tal, tal, tal y una expresión cuidada. Luego todo eso se imprimió en un libro de texto y desde entonces los niños se lo tienen que aprender de memoria si quieren pasar de curso. No me extraña, dicho sea de paso, que la enseñanza de la literatura esté a punto de desaparecer.

A partir de aquí, expone de forma sencilla las características de los mesteres de clerecía y juglaría, sus reglas de composición, pero sobre todo, el tipo de personas que los integraban, situando a los autores en su contexto con parámetros y referencias actuales, que permiten a cualquier no-experto en la materia entender quién era, y por qué no, quién sería hoy, por ejemplo, Gonzalo de Berceo.

Pero si seguimos visualizando un cura cada vez que leemos clérigo o clerecía en un texto medieval, solo estaremos entendiendo parte del chiste. Un clérigo es un cura, sí, pero solo de manera circunstancial. Un clérigo es también —y sobre todo— un tipo culto, un tipo que ha leído, que puede hablar, porque ha estudiado, de literatura, de música, de matemáticas, de historia. Y si hubiera vivido en nuestra época, también sabría de computadoras, de biología molecular y por supuesto de cine.  Con todas las inquisiciones que se quiera, con todas las torturas en el nombre de la fe que se produjeron, la Iglesia católica fue una institución vanguardista en la Edad Media, un motor de progreso y un estímulo para el cultivo de las artes, de las letras y de la cultura en general. Sí, una gran patrocinadora de las artes, así era la división cultural de ese gigantesco conglomerado empresarial llamado Iglesia Católica. Que no nos cieguen las inercias ideológicas y los prejuicios que se van adhiriendo a las palabras con el paso de los siglos. Ser medieval en el siglo XXI es posiblemente un anacronismo, pero serlo en la Edad Media es algo bastante razonable. Yo diría que hasta rabiosamente moderno. Si a partir de hoy, cada vez que leemos mester de clerecía visualizamos un existencialista francés con jersey de cuello vuelto o incluso un gafapasta —cultureta lo llamábamos en mis tiempos—, estaremos entendiendo mejor su significado.
(…)
Los juglares hacían literatura para el gran público. No podían ponerse a contar sílabas. Ellos escribían y publicaban —es decir, recitaban— de memoria, como podían, en tiradas de versos asonantes e irregulares, que unas veces tenían catorce y otras dieciséis sílabas. Normal: ponte tú a memorizar cinco o seis libros de 1000 versos cada uno. Ellos hacían lo que podían, se aprendían pasajes un poco neutrales, un poco que no decían nada, y que servían para rellenar cualquier historia cuando les fallaba la memoria. Los juglares no son flores de studium; son escritores 4×4, que van arrasando jardines campo a través.
Artículos como este suponen la posibilidad de ofrecer otra visión más fresca y dinámica de la literatura, contextualizarla y entenderla desde nuestra óptica moderna para que siga viviendo a través de los siglos, para que no se pierda en el olvido de estos nuevos tiempos oscuros. Suponen también la posibilidad de crear un vínculo entre la cultura con mayúsculas, la rígida y estandarizada de los cánones y los currículos, y esa otra que creamos y recreamos, que nos asalta desde la tele y las revistas, aunque no queramos, y nos ayuda a entender el mundo, tal y como es, partiendo de lo que fue.
** Las imágenes de esta entrada están tomadas del artículo de Orejudo en Jot Down
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