Cuentos que cuentan / De otras lenguas

Mirando el reloj, de Jill Schmehl

A veces navego sin ton ni son, me sumerjo en Internet y la marea me devuelve pequeñas joyas, como este cuento de Jill Schmehl, publicado en su blog de ficciones The Elephant Under The Chair.  Jill tiene otro blog, Mind of a Mouse, y en ambos escribe por placer, y es un placer leerla.

Lo que sigue es la traducción, realizada por Parapalabras, del relato Watching the clock :

Mirando el reloj

La veo. Está sentada en la mesa de la cocina, el portátil abierto y su mano en el ratón, pero está mirando por la ventana. Parece aburrida. Sus ojos siguen los movimientos de su hija de cuatro años. Vuelve al portátil, pincha para actualizar la página. No hay emails nuevos. Vuelta a la ventana.

Yo sé qué pasa por su cabeza, se está preguntando que estará haciendo su hijo justo en este momento.  Sabe que está bien, pero no puede dejar de preguntárselo. Él ha sido su constante compañero durante seis años. Pero ahora, tres semanas en el cole y es como si hubiera ido a la escuela toda la vida.

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Niños de Norman Rockwell

Esta mañana lo llevó al colegio como de costumbre, pero en vez de agarrarse a su mano echó a correr, hacia la masa desatada de niños. Solo pudo contemplar cómo encontraba su propio camino hacia sus compañeros, cómo empezaba una conversación con su maestra. Se quedó esperando que recordara que había no le había dado el beso de despedida. Esperó y esperó, la mano de su hija pequeña olvidada en su puño. Él no se volvió. La maestra condujo a los niños en una torpe fila hasta la clase. Ella miraba a su hijo. Él sonreía, reía, hablaba, y se olvidó completamente de mirar, volverse, mirarla allí de pie. Esperando.

La veo dar vueltas por la casa mientras él no está. Cuida a su otra hija. Limpia, arregla, recoge y ordena.

Mira el reloj y puedo oírla decir: “Es la hora de la merienda. Ahora estará comiendo. Hoy es miércoles, así que estarán en la biblioteca.”

Ve a su hija jugando sola.

Yo veo una niñita, la segunda hija, igual que su madre. Crecerá satisfecha con sus propios pensamientos. No buscará la aprobación de los demás, crecerá segura y fuerte. Nunca dependerá de nadie. Hasta que tenga un hijo. Un hijo tan absolutamente parte de ella que dependerá de su estado de ánimo para conocer el suyo propio.

Hasta el día en que olvide darse la vuelta: ese día la liberará. Retornará a sus propios pensamientos, reconocerá sus propios estados de ánimo. Respirará hondo, mirará alrededor y dirá: “¿Ahora qué?”

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